Abrió la puerta, nadie había dentro, pero su espera era infatigable, esperaría una hora, dos, o todo el día si hiciera falta. Había recorrido toda la meseta castellana en su búsqueda y ahora, no iba a cesar en su intento.
Hablaron por teléfono hace dos días. Su voz era temblorosa. La tranquilizaron sus palabras cariñosas, su tono pausado y sereno, que tanto deseaba le susurrara al oído y de una vez por todas, aquellos labios tocaran sus labios.Se conocieron una tarde de domingo, ella con la excusa de un café y unas vecinas, él, por su ronda habitual en el chat.
PAZ: ¡Anda! Parece que estamos solos en esta sala.MARIO: Sí, eso parece...Así, comenzaron a quedar domingo tras domingo, lunes tras lunes, martes tras martes...Su ilusión era tremenda, aquel hombre la hacía volver a sentir como la niña que era, tan solo tenía 20, pero un matrimonio forzado de ya 5 años y un hijo de esa misma edad.
MARIO: Ha ocurrido otra vez, no quieres poner la cámara para que no vea lo que te ha hecho ese desgraciado.PAZ: No, en serio Mario, que está rota...MARIO: Un día de estos, verás... voy a ir y escaparás conmigo.Los labios de Paz se entreabrían para sonreír, pero a la vez temblaban y se llenaban de lágrimas.Él la deseaba tanto, pero era una niña. Aunque no le importaba. Él vivía solo, necesitaba una compañera con la que gozar, a la que cuidar. Nada importaba si se unía a ella porque todo sería felicidad, estaba seguro.
Aquella era una tarde fría en el pueblo de Paz, a pesar de que en sus conversaciones, ella le había asegurado que era un lugar caluroso. Las calles eran tal y como le contaba: empedradas, llenas de tiendecitas y bares. "Éste, el de la esquina con el letrero en rojo, es donde hemos quedado", se dijo. "Beberé un güisqui con agua, para aplacar los nervios". Tomó el periódico, localizó el paquete de tabaco en el bolsillo derecho de su pantalón y pensó en voz alta: "Voy a sentarme en una mesa" Respondiéndole el camarero: "La que usted quiera, estamos solos"
Pasó largo rato, se detenía en todas las noticias, leyéndolas muy despacio; pidió otro güisqui, lo bebió...
Paz no aparecía, deseaba verla entrar por aquella puerta, quizás con lo puesto, quizás con alguna maleta, pero seguro que con David, su hijo.
Salió afuera, ante él, un grupo de mujeres iba calle arriba, una de ellas con las manos en la cara y negando con la cabeza. Al poco, más gente, ahora jóvenes, que corrían en la misma dirección.-Algo ocurre- dijo el camarero, apareciendo tras él.
Mario dio un paso al frente, miró hacia el final de la calle, se paró, frunció el ceño...Comenzó a caminar a lo largo de la calle empedrada... -Hijo de puta- iba diciéndose, -Hijo de puta- Sus ojos se inundaban.
La cuesta era empinada, le costó llegar hasta la casa de Paz.Allí se congregaba en ese instante todo el pueblo. En su mayoría mujeres, gritando, llorando.Podía verse, a través de la puerta entreabierta, el brazo de Paz, que yacía al lado de su hijo sobre un charco de sangre.
-Ella dijo que se iba, que no soportaba más. Se ve que había conocido a otra persona, iba a escaparse y no la dejó, no pudo.
Oyó decir.
Nadie sabía de su presencia, Mario era un desconocido entre toda aquella gente, nada más.De vuelta a casa, Mario viajaba solo. Sin embargo había soñado infinitas veces que lo hacía con una familia. En el coche sentía el gran vacío de los sueños rotos, de la impotencia, de la desgracia.