Hay momentos en la vida verdaderamente sarcásticos, como un tanatorio.
Seis personas, familiares: viuda, cuñado, hijo, nieto, sobrina, hermana.
-Encima de la mesa no han de colocar el muerto, que se encarguen los de la funeraria de poner algo, pero quita la mesa, encima de la mesa queda feo…
-sí, mi hijo se encarga de eso, el tablero se quita fácil, y las patas después.
Allí, en el comedor velarán a mi tío los asistentes al velatorio.
-La tía quería un metro de tierra, pero el abuelo pagó la hipoteca de la casa cuando nadie quería saber nada, pagó el arrendamiento, y ahora viene pidiendo…
Primo, primito… mientras juegas a enrollar los cordones de mi pantalón, mientras te apoyas en mí buscando consuelo yo pienso en ti con deseo, que eres joven y hermoso, y yo mujer ardiente… mientras velamos a tu abuelo tú juegas y yo te dejo, aprovechando mi situación te busco la mirada, te doy un abrazo y muchos besos.
Endiabladamente mala, que soy mala.
Mientras tú me cuentas tus últimas experiencias con el difunto, mientras todos con cara de desconsuelo no saben con sus ojos qué decir, yo examino el momento deseando escribirlo.
La funeraria desde el pueblo ha de arribar.
-coronas no, coronas no, eso es ostentación, ni carteles, sólo un ramo de rosas, como el que me regaló por mi santo.
hijo:-Habrá que pedirle un ramo a “la Elena”; viuda:-sí, a “la Elena” y al “pata perro”, entonces que sean dos ramos de rosas.
Al muerto le separa un cristal, ahí, al otro lado, no hace dos horas que su cuerpo no responde, que está muerto.
Hablando en su presencia del no presente ya. Contradicciones mayores no encontrarás.

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